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Memoria histórica

OPINIÓN • 30/11/2015

- Señor Francisco, cuente lo del soldado de la estrella roja.

El sol caía tras la loma que cobija al pueblo y sus últimos rayos languidecían en la loma que limita el valle hacia levante, mientras por el norte entraba el cierzo frío y duro de la meseta que, aun en verano, te hace buscar abrigo.

-  Acércame los manojos.

Mi padre ordenó un poco la pequeña chabola que da acceso a la bodega. Prendió lumbre con unos papeles viejos y bajó a buscar vino a la especie de pequeña cueva donde se guardaba fresquito. Ese día lo sacaría de la cuba pequeña, la mejor. Un clarete de color sonrosado, de muy buen sabor, pero flojito, de escasa graduación.

- ¡Vaya cocinero! No sé si vamos a merendar hoy…

Tomás estaba siempre de buen humor. Era nuestro vecino de siempre. Tenía dos hijas de mi edad, y muy guapas. ¡Con qué desconsuelo lloraban el día en que, poco tiempo después, con mi maleta de cartón, me fui al internado, porque “tú tienes que hacer carrera”.

Evelio llegó embozado como un esquimal. Era un eterno enfermo de buena salud, pero siempre afable.
Justo, en cambio, un mocetón fuerte, sanote, jovial, entró desafiando al viento helado. Justo era como de la familia. “Le he robado a mi tía unos choricillos, van a saber a gloria”.

El Señor Francisco se hacía esperar. Iba siempre despacioso, casi solemne.

- ¡Cómo tarda Crescencio!

Crescencio era el alcalde. Y dicharachero como pocos. Siempre tenía un refrán o un chascarrillo a punto.

- No va a venir. Con el frío y el asma está delicadillo.

Las brasas de los sarmientos estaban a punto. Un olor a campo y a vid llenaba la pequeña estancia, de paredes de adobe, que yo mismo había ayudado a construir a mi padre. Una puerta de madera, de retales viejos, “muy aparente”, decía él, cerraba con dificultad el hueco de la entrada.

Sobre la trébede se fueron asando las sardinas, los chicharros, los chorizos… ¡Qué agradable olor! Me encantaba el chisporroteo de la sal al caer sobre  la lumbre. El frío abría el apetito y las viandas se consumían apenas listas y aún bien calentitas.

La conversación se animaba a la par que se vaciaban las jarras de vino. “Según parece la Pruden habla con el Pepe. Sí, pero dice el Antonio que mientras él esté por medio… Este condenado de maestro, ¿dónde habrá aprendido a jugar a la pelota? ¡Vaya paliza nos dio el otro día, y él solito, no quiso pareja!... El Eutiquio se pasa de chuleta. Pues mira que va contando que se quedó dormido en el carro y las vacas, ellas solitas, le llevaron hasta la tierra donde quería ir, y allí se pararon… Lo de Afrodisio no se puede pasar a creer. Fue a avisar al médico para su mujer y se hizo el camino a caballo en sólo siete minutos. Y son más de cinco kilómetros…”

Pero, como siempre, la conversación derivó hacia los recuerdos de la mili y de la guerra. Eran, para todos, de uno u otro bando, las vivencias más hondas y más dramáticas también.

-  Señor Francisco, cuente lo del soldado de la estrella roja.

-  Si ya lo sabéis -respondió con una escasa y fingida resistencia.

El Señor Francisco era el guarda jurado del pueblo. Su silueta, con su gorra, su carabina al hombro y su recio bastón, recorría despaciosa los campos, las vides, la alameda del río o el bosque. Tenía plena conciencia de su autoridad, le poseía, y se movía y expresaba con una dignidad rayana en la afectación. Pero, antes que nada, era un buen hombre. Y una vez más nos contó su historia.

El sol quemaba sobre la llanura. Pleno mes de agosto. El Señor Francisco servía en intendencia y aquel día le tocó acarrear agua para saciar la sed de los combatientes, que permanecían en sus puestos, aunque todo estaba extrañamente en calma. Tenía que ir con un carrito y un par de bidones hasta unas fuentecillas que había como a un par de kilómetros. El manantial era poco profundo y había que llenar los bidones poco a poco, con un cazo.

- Dame un poco de agua, que estoy muerto de sed -Oyó a sus espaldas.

El señor Francisco llenó el cazo y se lo ofreció. El recién llegado, sudoroso, fatigado, apoyó su fusil en el carrito y empinó el codo como si fuera a beberse hasta el cazo. Entonces fue cuando el Señor Francisco le vio, bordada en la bocamanga, la estrella roja de cinco puntas. En un rápido movimiento apuntó al soldado con su propio fusil.

- ¡Cagüen p…! Tú eres rojo.

El cazo cayó a tierra. Se oyó un golpe sordo y triste, como un toque de difuntos. El sol se detuvo unos instantes, el aire tórrido se congeló y un silencio atronador envolvió aquellas dos estatuas inmóviles en medio del llano.

- ¡No me entregues! ¡No me entregues! ¡No me en… ! -Acertó apenas a balbucear el soldado sin nombre.

Era sólo un mozalbete imberbe, bastante más joven que él. Se cruzaron sus miradas y en unos segundos el Señor Francisco se jugó su futuro y el de aquel muchacho.- ¡Anda! Vete, que me pierdes.

El soldado no se movió. “Si vuelvo sin el fusil, me voy a pasar en el calabozo…” Pensó, pero no dijo nada, no se atrevió. Tampoco hacía falta. El Señor Francisco era también soldado y conocía muy bien las reglas. Descargó el fusil. Las balas cayeron a tierra, levantando un leve polvo, y allí quedaron enterradas. “Éstas, al menos, no matarán a nadie”.

El soldado sin nombre cargó con su fusil y unos segundos aún miró al Señor Francisco para grabar bien en su memoria el rostro del hombre, curtido por mil penalidades, que acababa de darle la vida. También el Señor Francisco se fijó en aquella cara. “Si es casi un niño”.

- No lo creeréis, pero muchas veces me ha parecido verle asomar detrás de un roble, detrás de una encina, cuando hago la ronda por el bosque. ¿Qué habrá sido de él? ¡Ojalá le vaya bien en la vida! ¿Se habrá acordado alguna vez de mí?

Las últimas ascuas de la fogata se habían extinguido bajo la ceniza y empezaba a hacer frío también allí adentro. Fuera, el cierzo se había calmado, pero la noche era fría y oscura. El tenue resplandor del último poste del alumbrado del pueblo apenas llegaba hasta la puerta de la bodega. El espectáculo del cielo estrellado de Castilla, en esa noche de luna nueva, era sencillamente grandioso.

- ¡Hasta mañana!... ¡Buenas noches!... ¡Hasta mañana!... Te acompaño.

Como sombras, los amigos, satisfechos, sin duda, pensativos, tal vez, se fueron perdiendo en la oscuridad camino del calor de sus hogares.

Muchas veces he recordado esta historia que, me parece, refleja muy bien el sinsentido de un enfrentamiento fratricida. Hoy, cuando  tantos, con buena  o mala intención, pretenden remover rencillas, incluso odio, y reclamar el pago de ofensas mal olvidadas, habría que rendir homenaje a tantos señores Francisco y tantos soldados de la estrella roja, que con gestos generosos y jugándose la vida, hicieron cuanto estaba a su alcance para suturar una herida que nunca debió abrirse y en la que nunca más se debería hurgar, si no es para cicatrizarla definitivamente. Es una deuda que tenemos con tantos verdaderos héroes anónimos, porque, si se me permite el préstamo poético, la nobleza de tantos corazones de esta tierra, “es piedra de cantera para estatuas de todos los tamaños”.


Autor: Profesor Félix Elena Villaverde - Colegio Privado San Luis Gonzaga Majadahonda



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