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Una conspiración educativa

OPINIÓN • 12/02/2016

Despertad al Diplodocus” es el  reciente ensayo del filósofo y pedagogo J. A. Marina. El título se inspira en Augusto Monterroso (“Cuando me desperté, el diplodocus seguía dormido”) y el libro está dedicado a Aylan Kurdi, el niño que murió ahogado cuando su familia trataba de llegar a las costas de Turquía. Todo un símbolo de lo que más nos falta por aprender, la humanidad.

Calcula el profesor que el profundo cambio que nuestro sistema educativo necesita, podría hacerse efectivo en cinco años, siempre que se den tres condiciones: que exista la convicción de que el cambio es necesario, que se dé la voluntad de hacerlo y que se sepa cómo afrontarlo.

¿Por qué el cambio? Dejando de lado la situación, manifiestamente mejorable, de la educación en nuestro país, se refiere el autor a las condiciones generales en la sociedad contemporánea: antes, lo aprendido en la etapa educativa servía para toda la vida, ahora se hace cada vez más necesario aprender constantemente o uno se queda marginado en esta sociedad de cambios tan acelerados. Ray Kurzweil (Google) lo enuncia en la “ley de la aceleración tecnológica”: lo que pensábamos que tardaría 50 años en conseguirse, se logra en 5. La clave, por tanto,  es la pasión por aprender. “Tenemos que preparar a nuestros estudiantes para trabajos que aún no existen y con tecnologías no inventadas todavía” (Richard Riley). La solución estará en  la “sociedad del aprendizaje” (Clinton): ahora todos los ciudadanos, todas las profesiones y sectores sociales van a tener que aprender a lo largo de toda su vida: se necesita toda una movilización educativa de la sociedad. Ahora bien, “en una sociedad del conocimiento, la gestión de los procesos de aprendizaje es más importante que los saberes” (Daniel Inerarity). “El mundo está en ebullición. Y no podemos quedarnos al margen por temor a quemarnos”. Este imprescindible cambio exige motivación, despertar emociones, hacer atractivos los fines, administrar los incentivos, convencer a los diversos protagonistas, buscar complicidades. Con la ley sola no basta, se precisa una “conspiración educativa para transformar la escuela… y todo lo demás”.

¿Quiénes son los protagonistas del cambio? Marina cita un refrán africano, que le es muy familiar: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Cinco agentes, conspiradores los llama también, son especialmente relevantes: la escuela, la familia, la ciudad, la empresa, el Estado.

Pero, ante todo, debe estar claro el objetivo del cambio. El objetivo próximo es reducir el abandono escolar al 10% (como recomienda la UE), esto es, un 90% de éxito educativo; subir 35 puntos en PISA, al nivel de Finlandia (Navarra ha subido 20 en 3 años); aumentar los alumnos excelentes y reducir la distancia entre mejores y peores; favorecer en niños y jóvenes el máximo nivel de desarrollo personal; fomentar la adquisición de habilidades del siglo XXI. “No podemos dar soluciones, sino despertar las fuerzas que las encuentren” (Antoine de Saint Exupery).

Y el objetivo último es la felicidad. Se trata de la felicidad subjetiva, objetiva y social. La felicidad subjetiva la define como un intenso sentimiento de bienestar. La felicidad objetiva es el conjunto de condiciones sociales, económicas, institucionales y convivenciales que favorecen la felicidad subjetiva. La felicidad social viene garantizada por el orden social, basado en la justicia, y es condición de la felicidad personal.

Para lograrlo, hay que preparar a nuestros alumnos para la gestión de la propia energía mental, pues es esto lo que distingue a los humanos, la autogestión que se adquiere mediante la educación. Se trata de la mejor manera de emplear bien la inteligencia, determinada por la calidad de los proyectos que emprende, la elección de las metas adecuadas y el fomento de buenos valores. Es la Teoría Ejecutiva de la inteligencia, que descansa sobre una teoría de la personalidad flexible y amplia, que coloca al sujeto en el centro de la educación, más allá de las meras habilidades y destrezas. Educamos a nuestros alumnos para ayudarles a gestionar su cerebro, ampliar su inteligencia, enseñarles a aprender a aprender, a resolver problemas. Son más importantes las habilidades (tenacidad, esfuerzo, entusiasmo) que los contenidos. Y especialmente la creatividad, la reflexión, el espíritu crítico, la colaboración y el trabajo en equipo, porque así lo exige el momento y por eficacia: “Los grupos son más listos que los más listos entre ellos” (James Surowiecki).

J.A. Marina va explicando, en sendos capítulos, el papel de la escuela, la familia, la ciudad, la empresa y el Estado. Le seguiré especialmente en la función que atribuye a la familia, elemento clave en el sistema de relaciones en que hay que educar al niño.

Todos somos educadores y aprendices, singularmente la familia debe desarrollar su talento educativo, y no en solitario, sino buscando la ayuda, la colaboración, la alianza con los demás agentes, porque hay muchas más influencias en los niños que sus padres. Pero es bueno exaltar las potencialidades educativas de la familia: supone un sistema de comunicación y de intercambio físico, afectivo, lingüístico, cognitivo. La familia produce efectos subjetivos, sentimientos amables, deseos de ayudarse mutuamente, buenas ocurrencias, estímulo para las metas personales, capacidad para resolver los problemas. Encierra un proyecto familiar en el que se aúnan costumbres, reglas, valores, memoria familiar, clima acogedor, moral… Todo ello contribuye a la felicidad objetiva que propicia la felicidad subjetiva de sus miembros.

Pero, ¿la familia puede educar? Algunos lo han puesto en tela de juicio en nombre de la genética y de la destacada y comprobada influencia de los iguales. Por el contrario, se ha extendido con fuerza la teoría del “Zero to Three”: todo lo importante para la formación del niño sucede en los tres primeros años, y es, por tanto, responsabilidad de la familia, lo que, sin duda, puede generar un profundo sentimiento de culpa en los padres (“¿Qué tengo que hacer?, ¿cómo tengo que hacerlo?...”).



Hay una actitud que busca el equilibrio entre ambas teorías: reconoce la importancia de la familia y también la del entorno. Jerome Kagan (Harvard) explica la influencia, por acción o por omisión, de los padres por tres caminos: por la variada trama de interacciones con el niño, mediante la identificación del niño con el estatus social y cultural de los padres, y de forma simbólica, mediante las historias de la familia (“Nosotros no mentimos”, “Nosotros somos honrados”, “Nosotros nos enfrentamos a los problemas”…). La intensidad de comunicación, interacción, con el niño, condiciona y es proporcional a su rendimiento posterior. Enriquecer esa comunicación resulta vital. Shenk explica cómo lograrlo y propone estas reglas:

•    Conviene hablar a los niños temprana y frecuentemente.
•    Leerles cuentos e historias pronto y asiduamente.
•    Señalarles altas expectativas: “los niños sólo se desarrollan hasta donde el entorno les pide” (Sherman y Key).
•    Aceptar los fallos como modos de aprendizaje.
•    Fomentar una actitud de crecimiento (Carol Dweck).

¿Cómo afrontar esta tarea, nada fácil? Los padres pueden adoptar estilos diversos y obtener, en consecuencia, éxito dispar. Los dos requisitos fundamentales que deben conjugarse, con sus variantes, son: exigencia (rigor, laxitud) y calidez (ternura, frialdad). La combinación de estos elementos nos da cuatro estilos educativos: permisivo (laxitud más ternura), negligente (laxitud más frialdad), autoritario (rigor más frialdad), responsable (rigor más ternura). Los tres primeros estilos se descalifican solos. El estilo responsable es el ideal. Sus características son:

•    Exigencia, pero con ternura.
•    Evita el castigo físico.
•    Presenta la obediencia, no como imposición autoritaria, sino como condición para una armónica convivencia.
•    Ejerce un control razonable.
•    Tiene en cuenta el punto de vista del niño.
•    Anima a una autonomía responsable.
•    Mantiene altas expectativas sobre el alumno

Los saludables efectos de este estilo educativo son:

•    Mejor autoestima y autocontrol.
•    Mayor inclinación a explorar, a aprender.
•    Mayor grado de satisfacción.
•    Mejor comprensión y aceptación de las normas, fruto de la disciplina razonada.

Naturalmente que  también entraña dificultades: los padres deben afrontar el posible chantaje emocional de los críos (rabietas), y la duda, con frecuencia presente, de “¿estaré haciendo lo suficiente por él?”. Hay que superar esos miedos y aprender a manejar adecuadamente las herramientas de la ternura, la exigencia, la comunicación. Sin ternura, un niño crece con miedos y rigideces. Sin exigencia, no aprende sus límites, ni su autocontrol, bien entendido que la exigencia se razona de forma coherente y tranquila, con cariño. Y sin comunicación fluida, no hay vinculación afectiva, sana, saludable.

Y el colegio ¿puede prestar algún apoyo? Una labor tan delicada y compleja exige una colaboración estrecha, que empieza desde la escuela infantil, con el colegio. Ya desde estos tiernos años hay que evitar malentendidos: muchos padres prestan excesiva atención al rendimiento académico (“ya sabe leer”, “me ha contado quién era el Cid”…), y a la buena conducta, confundida, a veces, con un espíritu dócil y sumiso… Pero hay otros factores muy relevantes: la autoestima, el autocontrol, el orden, la sociabilidad, la autoexigencia, la tolerancia, la creatividad… Son aspectos que hay que cuidar, colaborando con el colegio en reuniones y encuentros frecuentes con los profesores y el tutor. Conviene interesarse e implicarse en las tareas escolares, estimulando el deseo de lectura, alimentando altas, pero realistas, expectativas en los niños, cultivando una ética del trabajo, con dedicación y constancia… Tales medidas mejoran el rendimiento escolar y enriquecen la personalidad del educando. Las iniciativas, a este respecto, son muy variadas: escuelas de padres, conferencias, coloquios, foros, cursillos, talleres… Así crecerá la confianza mutua, la participación, el consenso, la ayuda recíproca. El distanciamiento y, aún peor, la hostilidad familia-colegio tiene siempre resultados sumamente perniciosos.

Los profesores, por su parte, mostrarán, no puede ser de otro modo, una actitud positiva, abierta, amistosa, cooperadora, estimulante…

Por desgracia, las relaciones familia-colegio no gozan en España de muy buena salud, ya sea por las exigencias de los horarios de trabajo de los padres o por la escasez de tiempo: sólo un 18% de los padres asisten a las AMPA y la participación en la organización es del 4%. Habrá que mejorar por el bien de todos.

El ensayo del profesor Marina contiene mucho más de lo que ha podido quedar reflejado en este breve artículo. Sólo he tenido en cuenta, en esta síntesis, una parte del libro, la que me ha parecido más adecuada para este lugar. Cuanto de apreciable han podido encontrar en esta breve exposición, es del profesor Marina, incluso en su expresión literal. Sólo espero no haber traicionado su pensamiento, y deseo, modestamente, contribuir a la difusión de este ensayo que, con el “arrabal” de las presentes circunstancias políticas, podría pasar sin la destacada relevancia que merece.

Terminaré con una cita del experto Juan Carlos Cubeiro, con la que no puedo estar más de acuerdo: “¡Qué gran libro para una Conspiración (“respirar juntos”) Educativa, alegre, resuelta, innovadora, éticamente intachable! ¿Conseguiremos despertar al Diplodocus entre escuelas, familias, ciudades, empresas y Estado? Nuestro futuro depende de ello. Gracias, querido y admirado José Antonio, por liderar esta iniciativa mega-estratégica”.


Autor: Profesor emérito Félix Elena Villaverde - Colegio Privado San Luis Gonzaga Majadahonda



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