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Pokémon Go y cromos de la abeja Maya

OPINIÓN • 04/10/2016

No entiendo a quien no es capaz de entender que chavales y ya no tan chavales anden como locos con el Pokémon Go. Me alarman estos padres entre extrañados y soliviantados por esa fiebre que abduce a sus polluelos. Porque, salvando las “distancias digitales”, Pokémon Go no es mucho más que una colección de cromos “con experiencia de usuario enriquecida”. Y te recuerdo que sí, que tú también perdiste la cabeza con los cromos de la abeja Maya.

Así que permíteme que intente que lo veas con otros ojos, porque me disgusta escuchar como padres sensatos y formados se echan las manos a la cabeza y proclaman no entender nada de nada. ¿Es que hemos olvidado completamente nuestra infancia? ¿O es que hemos desarrollado una especie de “alergia preventiva” a todo lo que se enchufa?

Déjame que te cuente por qué afirmo que Pokémon Go no es mucho más que una colección de cromos 2.0, que engancha tanto por lo de siempre como por sus formas renovadas:

  • La gracia está en recolectar unos elementos antes que tu vecino o tu compañero de patio. Antes eran cromos simplones y ahora son unos bichos digitales que gracias a la tecnología de realidad aumentada “encuentras” en tu móvil. Igual que antaño, hay algunos que abundan (Pidgey o Ratata están por todos sitios) y otros más escasos que un diamante negro (Gyarados o Nidoqueen).
  • Para poder añadirlos a tu colección, necesitas unos recursos que debes conseguir. Hoy debes acercarte a determinados sitios físicos para conseguir pokeball con que capturarlos o huevos con los que criarlos tú mismo, mientras que antes debías atiborrarte a yogures. Ahora te lo ponen un poco más difícil porque también puedes “evolucionarlos” si dispones de los medios adecuados (caramelos) o haciéndolos competir entre ellos. Todo con el único objetivo de conseguir más recursos que te permitan hacerte con los más valiosos.
  • Aun siendo un juego individual, fomenta la relación con otros coleccionistas. Aquí reconozco que el “si le” “no le” de siempre en el patio cambia un poco. Pero eso de enseñar tu móvil cargadito y desvelar tus secretos para conseguirlo también da su juego, no creáis. Además, al introducir la variable calle, pues no queda otra que desplazarse a los lugares adecuados, añade el interesante incentivo de olvidar el paseo hasta el centro comercial de turno para ir a jugar en grupo.

Y por poco más de eso es por lo que gusta a los chicos. Porque para estos pequeños recolectores que vuelven del parque con los bolsillos llenos de piedras, lo que importa es el proceso y no el valor de lo coleccionado. ¿Por qué tendría más valor aquél cromo de Flip saltando que un Pickachu?

Dicen los educadores que como padres debemos animar a nuestros hijos a coleccionar cosas. Lo que quieran. Qué no importa el qué, importa el por qué. ¿Cuántas cosas coleccionamos nosotros que no tienen ningún valor?

El coleccionismo desarrolla valores como

  • La constancia. Terminar la colección es el reto. Recuerda cómo lo importante no era el álbum terminado, que iba directamente al cajón, sino el hecho de completarlo. Mantenerse firme cuando ya tienes medio álbum lleno no es fácil.
  • El método. Uno no colecciona ni por divertirse ni por entretenerse. El objetivo ha sido siempre acabar o aumentar la colección. Y eso obliga a esforzarse por cumplir un objetivo. Y para ello, hay que hacer lo que haya que hacer, caminar o comer yogures, me guste o no.
  • Y las relaciones sociales. De toda la vida, conseguir el cromo más cotizado mola porque da prestigio entre los amigos. Por otro lado, igual que tú regalabas los “repes” hoy ellos intercambian conocimiento al contarse por ejemplo los lugares donde encuentras elementos sorprendentes y los trucos para conseguir más recursos. Aprender a llevar el éxito o el valor que tiene tu conocimiento (eso que las empresas llaman know how) es un arte. Aprender a contar con los demás para lograr tus objetivos o a gestionar tu cabreo frente a un cambio injusto es, en definitiva, aprender a manejarse en la vida.

Reconozco que Hello Kitty me da grima y que tampoco me entusiasma el fútbol. Lo que en la práctica quiere decir que me resbala lo que Panini hoy les propone coleccionar. Por eso, como madre, aprovecho y recojo con gusto el guante que me lanzan los de Nintendo.


Pokémon Go me brinda una excelente oportunidad para acercarme a mis digitalizados hijos. Me tengo que mentalizar un poco para ignorar el formato “maquinita”, lo reconozco. Pero le veo su rédito y por eso, lo hago sin esfuerzo… Así que me pongo las pilas y

  • Les pido de vez en cuando que me enseñen cómo van y me aprendo algún nombre. Me hubiera ofendido que mi madre confundiera al simpático Willy con la señorita Casandra, así que intento hacer los deberes y no liarme. Aunque que confunda nombres y bichos no sé por qué, pero les encanta.
  • Alabo sus progresos, me sorprendo antes las evoluciones y les animo a seguir intentado pillar a ese Pikachu que se les escapó. Y si hay que repetir visita al centro comercial para pillarlo, pues me armo de valor y se repite.
  • Les acompaño a las Pokeparadas a ver si conseguimos Pokeball. De paso, comentamos entre risas lo zombis que parecen esos que cruzan la calle sin dejar de mirar al móvil.
  • De vez en cuando, les pido que me dejen jugar para capturar alguno, incluso para que vean lo mal que se me da… Que se cabreen porque les gasto sus preciadas pokeball y me quiten el móvil les hace sentirse mayores.
  • Y si hay que ir al gimnasio, pues allá que vamos todos. Eso sí, exijo que me dejen participar en alguna luchadita.

Pequeñas cosas que no sólo te dan la oportunidad de acercarte a ellos sino de conocer mejor el ecosistema en que se mueven. De enterarte como quien no quiere la cosa de qué amigos juegan compulsivamente y quienes son más razonables. De saber qué piensan de quienes pasan del tema y de quienes no hacen otra cosa o cómo valoran las situaciones extremas que vemos en la prensa.

Eso sí, como con todo, vigila que “la colección” de tu hijo no se convierta en una obsesión para él. Ningún niño debe dedicar todo su interés y energía a una única actividad, por muy educativa que fuera. Igual que no se te ocurriría permitirle que no vaya a jugar a casa de su amigo porque tiene que colocar sus chapas en perfecto estado de revista, dale caña si se pasa.


Autora: Virginia Cabrera Nocito - Fuente: blogthinkbig.com


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