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Educar en la realidad

Reseña del ensayo de Catherine L´Ecuyer, Educar en la realidad, Plataforma Editorial, 2015.

OPINIÓN • 19/04/2018

Catherine L´Ecuyer es canadiense, abogada, afincada en Barcelona y madre de cuatro hijos. En la actualidad se dedica a investigar, escribir e impartir conferencias sobre temas de educación. Su libro “Educar en el asombro” fue un auténtico éxito. Y este segundo libro “Educar en la realidad” aún puede superarle. A una primera lectura puede parecer que este ensayo contiene una reconvención a las NT aplicadas a la educación. Creo que no. Más bien es un libro que rompe mitos y propone alternativas veraces y concretas para educar a nuestros niños en general, para que se formen como personas maduras, libres, autónomas, empáticas, críticas, a fin de poder aprovechar positivamente las potencialidades que ofrecen las NT. Supone una vuelta a la sencillez, al sentido común y a lo humano, desmontando la idolatría de las NT, demostrando que la mejor preparación para utilizarlas responsablemente tiene lugar en la realidad; es decir, que la mejor preparación para el mundo online es el mundo offline. Tal vez, ¡ojalá!, en algún próximo ensayo la Dra. L´Ecuyer aborde especialmente las posibilidades educativas de las NT con la sensibilidad, claridad y rigor argumentativo que le son tan característicos.

En el texto que sigue, he tratado de presentar un resumen del libro, siguiendo de cerca la exposición de la autora. Espero no haber traicionado su pensamiento y haber logrado transmitir las líneas maestras del mismo. Pero sería para mí una compensación inestimable suscitar el deseo de leer a Catherine L´Ecuyer. Disfrutarán con su lectura.

¿Qué quiere decir educar en la realidad? Aclara la autora en la introducción del libro que significa tres cosas, que irá desarrollando a lo largo del ensayo:

En primer lugar, educar para el mundo actual, un mundo de NT, en el que parece que nuestros hijos o alumnos nos llevan ventaja a los mayores, lo que nos desconcierta: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa” (Ortega y Gasset). ¿Cómo podemos prepararlos para vivir en ese mundo?

En segundo lugar, educar en la realidad es educar en el asombro, que es el deseo de conocer. Lo que asombra es la belleza de la realidad. Más realidad (ver, tocar, gustar…), más posibilidad de asombro. Realidad, no 3D.

Finalmente, educar en la realidad es educar con realismo, educar según la naturaleza del niño, es buscar la perfección de la que es capaz nuestra naturaleza. Y en este empeño las NT no son ciertamente una herramienta neutra.

El impacto de las NT es innegable. En el campo de la educación, pensaron algunos que estábamos ante la revolución definitiva. La experiencia está demostrando sus limitaciones y los problemas nuevos que suscitan. La Dra. L´Ecuyer alerta sobre ello, a la par que exalta una educación humanista, que siempre será irreemplazable. Podría pensarse que estos problemas que descubren los mayores, inmigrantes de las NT, son ajenos a las últimas generaciones, nativos digitales, que se mueven entre las pantallas con la misma facilidad que lo hacíamos nosotros entre lápices y cuadernos. Desde la generalización del móvil e internet se ha incrementado el consumo de pantallas hasta 10,75 horas/día (se suman los tiempos cuando se simultanean varias pantallas). Los defensores de las NT no ven en ello demasiado problema, pues afirman que la capacidad del cerebro es ilimitada y que sólo se utiliza un 10% de la misma (afirmaciones contradictorias a todas luces). El uso de nuevas tecnologías, con los nuevos programas educativos multimedia, estimulará, dicen, el desarrollo cognitivo desde la infancia. Pero eso no está en absoluto probado. Parece, más bien, que se trata de un mito propagandístico más, apoyado en estudios, conferencias, simposios… casualmente promovidos por las mismas empresas tecnológicas impulsoras de esos programas educativos.

Los DVD educativos, por ejemplo, producen el Video Deficit Effect, déficit de realidad. Dicho déficit afecta, en el desarrollo posterior, a la capacidad de atención y, por tanto, al rendimiento académico. Por eso, los mejores técnicos informáticos (Silicon Valley) recomiendan ahora que en los dos primeros años los niños prescindan de pantallas, y que, posteriormente, su uso se reduzca a dos horas/día. Que el móvil no lo utilicen hasta los catorce años y no permiten pantallas en el dormitorio de sus hijos. Los colegios de éxito en Silicon Valley son los que han vuelto al lápiz, papel, pizarras tradicionales y libros de texto impresos. Y lo hacen sin el temor a que sus niños se queden retrasados en cuanto al dominio de las NT. No es necesario estar al día en las tecnologías últimas, se renuevan cada diez años, para ser un buen usuario de las siguientes, porque las NT son cada vez de uso más sencillo.

El verdadero aprendizaje, el más adecuado para el dominio de las NT, es el que tiene lugar en la interacción con los adultos. Los niños necesitan la mirada de sus padres y maestros, que calibren la realidad, cosa que no hacen las pantallas. Si ocurre algo inusual en la escuela o en casa, el niño se fija en la expresión del profesor o de los padres, y aprende en ella a valorar lo acaecido y a reaccionar según el modelo del adulto.

El uso, cuanto más el abuso, de pantallas disminuye el deseo de aprendizaje, además, según está probado, de aumentar las víctimas del acoso escolar. Y no es cierto que los nativos digitales estén especialmente dotados y sean capaces de multitarea (atender a varias pantallas simultáneamente). Es un mito más. Las actividades que requieren procesar información, no pueden simultanearse.

La motivación al aprendizaje, en esto hay acuerdo, es una aportación indudable de las NT. Sí, aunque se trata de una motivación externa, según el esquema conductista (estímulo – respuesta – refuerzo). Con el refuerzo adecuado, afirma, se obtiene la respuesta deseada; así, por ejemplo, se adiestra a los delfines. Pero este tipo de motivación no es duradera y acaba en el aburrimiento y la ansiedad. La pantalla, y eso es lo que hace que los jóvenes se enganchen, ofrece una gratificación inmediata (una expresión laudatoria, una puntuación, un ascenso en el ranking…). El niño así no aprende a diferir la gratificación, a controlar la frustración, y eso, se ha probado experimentalmente, influye en el rendimiento académico posterior del alumno. Es conocido el experimento de las golosinas: se propone a un grupo de niños, sentados delante de unas golosinas, que, si esperan un tiempo para tomarlas, podrán recibir el doble de golosinas. Años más tarde, ya universitarios, se comprobó, con el mismo grupo de alumnos, que aquellos que fueron capaces de esperar, habían tenido un mejor rendimiento académico a lo largo de su trayectoria estudiantil. Y el secreto está en la diversa capacidad de atención: los que difieren la compensación es porque son capaces de distanciar su atención de las golosinas y fijarla en otro punto, es decir, muestran un buen autocontrol. La búsqueda de compensación inmediata forma personalidades egoístas, materialistas, para las que todo tiene un precio, un componente económico, y que no conciben el don de la gratuidad. Se forman, dice la Dra. L´Ecuyer, personas tolerantes, no compasivas; cumplidoras, no generosas; que actúan por conveniencia, no por conciencia; legales, no éticas: educadas, no cordiales.

La motivación externa que ofrecen las pantallas, no es la deseable, es mejor la interna, basada en la innata curiosidad del niño, en su sentido de la responsabilidad, en el deseo de hacer algo bien hecho, bello. Ésta es una motivación mejor, convierte al niño en protagonista de su educación, pero es aún una motivación egoísta y no considera el “porqué” y el “para qué”, ni tiene necesariamente en cuanta a los demás.

La motivación transcendente, en cambio, va más allá de la persona, hacia la verdad, la bondad y la belleza: se afirman las cosas, porque son vedad; uno es compasivo, porque es bueno; y la expresión de la verdad y la bondad es la belleza. Ahí radica el trabajo del maestro, en “enseñar a desear lo deseable” (Platón), en despertar la sed de verdad, de bondad, de belleza en los alumnos. Este es el fin que da sentido a los aprendizajes y a la educación. Tal como lo expresa Kant, el fin no es otro que el desarrollo del hombre hasta la perfección de que es capaz, según su naturaleza. En una bella imagen dice L´Ecuyer que “la perfección es llenar nuestro vaso de cristal, pero el vaso es el que es”, y no es más que un mito que, a base de sobreestimulación, nuestra inteligencia pueda crecer indefinidamente. Si no hay sentido, un “porqué” y un “para qué”, no hay perfección, no hay felicidad. Y, si lo hay, incluso en el sufrimiento cabe la felicidad.

Que el niño sea el protagonista de su educación es uno de los axiomas de la pedagogía nueva, y, dada la ratio alumnos/profesor, sólo mediante el uso de NT, afirman, se puede llegar a una educación individualizada, donde ese objetivo se pueda cubrir. Algunos expertos más optimistas (Roger Schank) llegan incluso a afirmar que el sistema educativo puede sustituirse ventajosamente por una base de datos a la que accederán los educandos. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando un niño de 2 – 14 años se encuentra ante una biblioteca (internet) de cinco millones de volúmenes? Que se siente perdido.

El niño necesita una buena formación humanística, competencias sociales, sentido de la intimidad, discreción, autocontrol… antes de adentrarse en internet, y todo eso no lo aprende en las pantallas, sino en la vida real. Ahí aprende a desplegar y desarrollar su identidad personal y a tomar conciencia de ella. Porque las pantallas contribuyen a una educación individualizada, pero no personalizada. Son las experiencias interpersonales (Dan Siegle, UCLA) las que constituyen la memoria biográfica y la identidad propia: las relaciones interpersonales, con el intercambio recíproco de acciones, configuran la personalidad humana (Víctor García de la Hoz). Los niños no aprenden tanto a través de discursos, fichas, pantallas, sino a través de experiencias reales, incluso en los años de la “amnesia” de la infancia. El cerebro va construyendo con ello el marco conceptual desde el que el niño entiende el mundo y se comprende a sí mismo. Y eso es más definitivo que las largas explicaciones que recibe a partir de los cinco años.

Nuestra conciencia de identidad personal se configura con las experiencias de sintonía, de empatía, compasión, vividas en el entorno, en especial con padres y maestros: abrazar, interpretar la realidad con la mirada, contar historias, acoger, evaluar un problema emocional, corregir con cariño, ayudar al niño a comprender cómo se siente, recordar algo entrañable, desaprobar, prestar atención, ayudar a identificar las limitaciones, las fortalezas, son las experiencias profundamente humanas que nos forman. Las pantallas, en cambio, no le dan al niño/joven recursos para entender el mundo y situarse (Siegel) y así su identidad personal será sustituida por el ídolo de turno, real o virtual,  del que adoptará sus comportamientos, muchas veces dominantes, violentos, sus formas de hablar, de vestir, sus canciones, sus valores… Copiar y ser copiados, a eso se reducirá su identidad personal, débil, muy débil, lo que les convierte en vulnerables, proclives a conductas disfuncionales (21%, en España). Y caerán atrapados en la sugestión de los videojuegos o de las redes sociales, buscando la gratificación inmediata que les ofrecen. Con ello la capacidad de autocontrol se difumina, los tiempos y los ritmos los marcan las pantallas.

El niño pierde la capacidad de interpretar una mirada, un gesto, incluso de mirar a la cara, absorbido por su pantalla. Pierde la sensibilidad, pero sigue necesitando sentir emociones, cada vez más fuertes, y las encuentra en los vídeos virales de internet, que no proporcionan experiencias interpersonales verdaderas, y en los que se topará con un “déficit de humanidad”. Engancharse a las pantallas es quedar atrapados en la irrelevancia, en la banalidad, por falta de sentido, de reflexión sobre el porqué y el para qué de las cosas. Y en ese contexto no podemos esperar que surjan las personas innovadoras y creativas que este vertiginoso mundo nuestro necesita.

La reflexión es la clave, “se reflexiona poco” (Steve Jobs). Reflexión calmada, con pausa, lejos del vértigo del alocado ritmo de los videojuegos o el cine de acción. Desde la serenidad y el sosiego de la realidad cotidiana, cuya belleza escapa a quienes crecen acostumbrados al compás enloquecido de las imágenes virtuales, como las sombras de la caverna de Platón. No debe extrañar que los niños se aburran luego contemplando la realidad, insensibles a su verdad, su bondad, su belleza, hasta el punto de no ver, en una hermosa puesta de sol, más que un fondo de pantalla.

¿Pero cómo salir de las sombras de la realidad virtual? La clave está, dice L´Ecuyer, en el esfuerzo, la austeridad, la sencillez, el autocontrol.

En la austeridad se forjó Steve Jobs. La austeridad es el entorno más favorable para que surjan emprendedores creativos, con imaginación. Un ambiente saturado de estímulos, de artículos de consumo, adormece el deseo de conocimiento y el germen de pequeño emprendedor que todo niño lleva dentro. Y lo que se produce son grandes consumidores, por falta de esfuerzo, de paciencia, de constancia. Nuestro sistema educativo adolece de falta de esfuerzo. Nos empeñamos en hacer creer a nuestros hijos/alumnos que se puede aprender divirtiéndose con una tablet, y que es así de fácil. Es preciso volver a valorar el esfuerzo. Un niño que tiene todo de sus padres, sin esfuerzo alguno, no puede ser un creativo de éxito.

Con el esfuerzo y la austeridad hay que redescubrir la simplicidad, que es “la última sofisticación” (Leonardo da Vinci). Hay que enseñar a prescindir de muchas cosas para ir a lo esencial, porque nos damos cuenta de la escasez del tiempo y de los recursos -atención, memoria, inteligencia, recursos materiales – de los que disponemos. Los padres deben aprender a decir NO a sus hijos en lo que es superfluo y sólo genera frustración. Y no vale el “todos lo hacen así”, porque estamos dando un argumento con el que luego esos mismos hijos justificarán conductas que no han decidido ellos (el botellón, por ejemplo), sino ese “todos” indefinido. En esta sociedad del despilfarro aprender a vivir desprendidos de las cosas es necesario para poder ser realmente libres.

El esfuerzo, la austeridad, la simplicidad requieren autocontrol, fuerza de voluntad, tomar decisiones por uno mismo, con responsabilidad, y no dejarse llevar por las opiniones del ambiente, de las minorías, de las estadísticas. Por este camino no se llega a ser creativos, sino personas conformistas, incapaces de asumir las consecuencias de los propios actos. Hay que superar todo eso dando sentido a los aprendizajes del niño ya desde los tres años, explicando el “porqué” y el “para qué”.

¿Contribuirán las NT a que nuestros alumnos adquieran ese autocontrol y fuerza de voluntad, y a convertirse en protagonistas de su educación? Los niños y jóvenes (50%) reconocen los efectos negativos del abuso de pantallas (sobrepeso, trastornos del sueño, hipertensión, problemas de atención, dificultades de aprendizaje), pero son incapaces de renunciar a lo gratificante, lo atrayente, la novedad, las recompensas inmediatas de internet, y caen en el consumo de contenidos violentos o eróticos, según propio testimonio. Y esto tiene que ver con la falta de relaciones interpersonales de calidad.

Antes de aventurarse en el mundo digital, esas relaciones deben estar consolidadas. Y deben, nuestros alumnos, haberse curtido en la templanza, en la capacidad de diferir una gratificación inmediata para alcanzar otra mejor, en aceptar límites a la búsqueda de nuevas sensaciones. Si no han aprendido a aplazar una gratificación y gestionar la frustración, serán frágiles, caprichosos, infelices y fracasados. La exposición a los contenidos vertiginosos de videojuegos, cine, tv, con la gratificación inmediata que ofrecen, no sirven a la templanza y el autocontrol, ni a actuar con sentido, sabiendo el “porqué” y el “para qué”. Esto sólo lo aprende el niño en las relaciones con sus padres, cuando le enseñan a esperar su turno en la mesa para hablar, a comer una chuche en el cumpleaños y guardar las demás, cuando se le enseña a cuidar los juguetes, los libros, la ropa, y pasarlo todo a sus hermanos en buenas condiciones, es decir, a través de experiencias personales ricas. Así el niño aprenderá a prestar atención a lo esencial, a lo importante, a lo que tiene relevancia y sentido.

La atención es el problema fundamental de la educación, entendida como la capacidad de filtrar la información que pasará a nuestra memoria de trabajo, distinguiendo qué es lo verdadero, lo bueno, lo bello; qué significa intimidad, qué información busco, por qué, para qué; quién me importa, en quién puedo confiar; qué es opinión, qué es un hecho, qué es un dato contrastado o no contrastado. En síntesis, ¿quién soy yo? La crisis de la educación es crisis de atención: “La mayor miseria del hombre es la dispersión” (Charles Foucault).

¿Cómo superar el peligro de la dispersión? Desde el atractivo de la belleza de la realidad. El niño necesita descubrir la realidad en directo, no en las pantallas, sombras de la “caverna”. Necesitan ver, palpar, oler, gustar las cosas, tocar a los animales. Necesitan leer la tristeza en el rostro del amigo que sufre, sentir la compasión, la empatía, asombrarse ante el mal. Pero sólo si los adultos que rodean al niño, viven ese asombro, podrá percibirlo él también, con la alegría, la expectación y el misterio de un gran descubrimiento (Rachel Carson). Desde el apego seguro (que surge con la satisfacción de las necesidades primarias) con los padres, maestros y cuidador principal, se generará el vínculo de confianza que condicionará las futuras relaciones del educando con su entorno. La sensibilidad del cuidador se contagiará al niño que, con la confianza en los demás, acrecentará su autoestima (“valgo”, “soy competente”), desarrollará competencias sociales y aumentará el interés por explorar lo desconocido. La inseguridad y desconfianza, en cambio, desencadenarán hostilidad al entorno, baja autoestima, resistencia a enfrentarse a lo desconocido. Los niños de este talante preferirán el refugio de las “sombras” de la realidad virtual.

El apego seguro no lo dan las pantallas, que sólo enganchan, sino la belleza de la realidad descubierta a través de la mirada del adulto cuidador principal, de la madre, el padre o el maestro. Pero se requiere sensibilidad para sintonizar con la belleza que existe en las cosas. Una sensibilidad que el vértigo de las pantallas o el consumismo pueden embotar. Como la saturación de sabores embota el gusto, el trepidante ritmo de los videojuegos, de la tv, del cine de acción… embota la sensibilidad para percibir y disfrutar de la belleza serena de la realidad. El consumo de videojuegos, violentos o eróticos generalmente, incapacita para percibir la emoción de los rostros de los interlocutores o la belleza de la sexualidad real, sustituida, con demasiada frecuencia, por el amor imaginario.

Pero la sed de realidad sigue grabada en la naturaleza del niño, y para percibirla necesita cultivar la sensibilidad, aunque la sensibilidad tiene mala prensa. El niño, dicen, debe ser duro, fuerte para soportar los sinsabores de la vida, y la crudeza del cine o los videojuegos puede ser para ello una buena ayuda. No, no les ayuda en absoluto, más bien los convierte en niños “teflones” (todo les resbala), insensibles al sufrimiento, pero también a la alegría. Sufrir es parte de la vida. Los niños saben lo que es el sufrimiento. Es una experiencia ineludible y constructiva: nos hace humildes, conscientes de nuestras limitaciones, empáticos y fuertes para plantarle cara y gestionarlo. Por desgracia las pantallas no ayudan. En ellas se empachan de emociones virtuales, pero no aprenden a sentir (Michel Delacroix).

Se pierde empatía. Los jóvenes de hoy son un 40% menos empáticos, según estudios realizados. Sólo a través de relaciones interpersonales auténticas se contagia la sensibilidad, así como la empatía y la ternura. Son aptitudes que deben brillar en los educadores. La insensibilidad, en cambio, banaliza todo, incluso el mal: el caso de Eichman, exterminador de los judíos, confesándose inocente, y no por estupidez, es un buen ejemplo. Porque lo peor no está en los que eligen explícitamente el mal, sino en los que lo han banalizado por un déficit de pensamiento.

Pensar permite reflexionar sobre el valor de nuestras acciones. “No es igual conocer y pensar” (Hannah Arendt). Pensar requiere silencio interior, empatía y sensibilidad hacia las personas y el entorno. Pero el silencio les abruma a las nuevas generaciones, no soportan quedarse a solas con sus pensamientos: “El hombre entra en la multitud para ahogar el clamor de su propio silencio”, decía Tagore.

Es preciso una revisión a fondo de nuestros métodos educativos. Se insiste en la información, pero la verdadera educación radica en la riqueza de las experiencias humanas acumuladas. Se precisan, cada vez más, personas capaces de pensar, de reflexionar críticamente, de calibrar la realidad; capaces de introspección, de empatía, de creatividad; dotadas de sensibilidad para la verdad, para la bondad, es decir, para la belleza, lo que implica la búsqueda de sentido (¿por qué?, ¿para qué?), que es la motivación verdaderamente válida de las personas. Esta es la educación humanista, que hace del niño protagonista de su existencia. Y son las experiencias humanas ricas, las relaciones interpersonales satisfactorias las que forman personalidades sólidas, perfectamente preparadas para usar con responsabilidad las NT.

Pero suele suceder que nos esmeramos en preparar técnicamente bien a nuestros alumnos, pero poco capaces de ajustarse a la realidad, de moverse por un sentido que se asume crítica y responsablemente. Y así son pasto fácil de manipulaciones ideológicas, de banalización de las cosas, también del mal. Por tanto, es necesario que nuestros niños aprendan a pensar por sí mismos, a buscar la perfección de la naturaleza racional, humana. Porque no son superhombres, pero tampoco pueden actuar como si no fueran humanos.

La revolución educativa, de la que con tanta frecuencia se habla hoy, no va a llegar por la tecnología, porque la educación no es verdadera por ser innovadora, revolucionaria, sino que es revolucionaria porque es verdadera. Y la educación es verdadera si lleva a la perfección de nuestra naturaleza. Lo que da sentido a los aprendizajes del niño, del adolescente, y a la misión de los padres, madres y maestros, es la perfección, es decir, “transmitir la hermosura que hay en la verdad y en la bondad, atrapando y cautivando las miradas de los niños y de los jóvenes con el esplendor de la realidad” (Catherine L´Ecuyer).

NOTA FINAL: No resulta fácil condensar en unos pocos folios las más de 200 páginas del ensayo de L´Ecuyer, pero me conformaría con que despertaran el deseo de leerlo y de reflexionar sobre su contenido. Creo que les encantará su lectura y seguro que encontrarán muy convincentes sus argumentos, y muy útiles sus orientaciones.


Autor: D. Félix Elena, profesor emérito del Colegio Privado Engage.



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