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De animales a dioses

OPINIÓN • 20/06/2018

El Dr. Yuval Noah Harari nos ha sorprendido con dos obras de un éxito más que notable: Sapiens y Homo deus. La segunda puede considerarse una continuación de la primera, tal como se refleja en los subtítulos: Una breve historia de la humanidad y Breve historia del mañana. En el texto que sigue presento una breve reseña de las dos voluminosas publicaciones (494 y 492 páginas), siguiendo la síntesis que el mismo Dr. ha realizado en diversas conferencias y entrevistas. Espero no traicionar el pensamiento del autor, y reflejar, al menos en parte, el indudable interés de ambos libros, avalado por su extraordinaria difusión.

En la primera de las obras, Sapiens, el Dr. Harari se plantea la siguiente cuestión: ¿qué hizo del homo sapiens la especie victoriosa del planeta? ¿Cómo este mamífero, que genéticamente no es tan diferente de un chimpancé, y que es un animal más débil físicamente que la mayoría de sus competidores, ha logrado imponerse a todos ellos?

Hace 70.000 años, el homo sapiens era un ser insignificante en el conjunto de la biosfera. Hoy, mientras las demás especies siguen estancadas en sus formas de vida, el homo sapiens ha evolucionado hasta llegar a controlarlo todo. ¿Por qué un éxito tan desigual, si en el plano individual somos muy similares a nuestros parientes los chimpancés? Según la tesis del Dr. Harari, la diferencia está en la capacidad de los sapiens para una cooperación flexible y en grandes masas de individuos. Son dos características exclusivas del hombre. Hay otras especies que colaboran en masa, las abejas, las hormigas, pero ante una eventualidad, no son capaces de inventar una estructura nueva: no pueden organizarse para acabar, por ejemplo, con la tiranía de la reina, ni abrir un foro de debate para mejorar su situación sociolaboral. Entre algunos mamíferos, lobos, elefantes, sí encontramos ciertas formas de colaboración flexible, pero siempre en pequeños grupos, basados en el conocimiento mutuo de todos los individuos. Sólo el hombre es capaz de colaborar de forma flexible y en masa.

Pongamos un ejemplo, añade el Dr. Harari: en una lucha de uno a uno o de diez contra diez, entre hombres y chimpancés, vencerían seguramente los chimpancés; pero, si se enfrentaran mil chimpancés contra mil humanos, vencerían éstos por su capacidad de organización y colaboración. Los chimpancés no saben colaborar en masa: cien mil chimpancés en un gran estadio de fútbol, aunque tengan bananas para todos, provocarán un desorden. En cambio, los humanos somos capaces de crear redes de cooperación sofisticadas, que permiten actuar en grandes multitudes: una fábrica de miles de operarios, una peregrinación de cientos de miles de personas,  un ejército…

La colaboración es la clave. Todos los grandes avances de la humanidad han sido fruto del esfuerzo de muchos, que trabajan, incluso sin conocerse y a gran distancia, más que de genialidades individuales. Nunca veremos, en cambio, un ensayo de un chimpancé sobre el mejor aprovechamiento de las bananas, destinado a los demás chimpancés. La colaboración, evidentemente, tiene efectos muy saludables, pero ha servido también para cosas tremendas: prisiones, mataderos, campos de concentración, guerras… son también sistemas de colaboración.

¿Por qué sólo los humanos podemos colaborar en masa y de forma flexible? Por la capacidad imaginativa, la habilidad para crear fábulas, historias de ficción, mitos unificadores: si todos creen en la misma fábula (el nacionalismo, por ejemplo), todos obedecen y siguen las mismas reglas, normas, valores. Y eso es posible, porque nuestro lenguaje nos permite crear una realidad imaginaria. Un chimpancé tiene un lenguaje para describir la realidad: “Un león, huyamos”, “Hay bananas, vayamos a comerlas”. Los humanos pueden crear una religión y prometer la recompensa de un dios en otra vida por nuestras buenas acciones, como compartir con los demás. Con una historia semejante nunca podríamos convencer a un chimpancé para que cediera, a otros, parte de sus bananas. Sólo los humanos creamos historias semejantes, de modo que millones de personas creen en un dios, un cielo y un infierno, y actúan en consecuencia. Tal vez algún creyente piense que esto es un ataque frontal a su fe. Ignoro si el Dr. Harari es un hombre religioso, yo diría que no. En todo caso, lo que nuestro autor hace es una descripción de la realidad tal como nos aparece, pero ni se pregunta, ni responde sobre si detrás de las apariencias, de los mitos e historias, hay una realidad trascendente. No se afirma, la ciencia no puede llegar tan lejos, pero tampoco se niega la posibilidad, sería querer ir más allá de lo que permite la experiencia. En esta cuestión hay que seguir dándole la razón a Kant.

Tenemos otros tipos de historias, además de las religiosas. Por ejemplo, los derechos humanos. Si accedemos al interior de un hombre, no nos topamos dentro con los derechos humanos, no están. Son simplemente una ficción jurídica, que nos hemos inventado, y que nos permite organizarnos socialmente: nos hemos puesto de acuerdo en reconocernos unos a otros estos derechos, y a ellos tratamos de ajustar nuestras conductas, lo que resulta beneficioso para todos.

Ocurre los mismo con diversas ficciones políticas: los países, las naciones, las instituciones no son realidades objetivas, como lo son los ríos y las montañas. Un país es una historia, creada por un conjunto de hombres, con la que nos sentimos identificados, y a la que nos aferramos con fuerza (patriotismo).

Algo similar ocurre con la economía: las empresas y corporaciones son ficciones jurídicas inventadas para ganar dinero. El dinero es, sin duda, la ficción de mayor éxito de cuantas ha inventado el hombre: todos creen en el dinero, pero no todos creen en dios o en los nacionalismos. Un billete verde es un papel sin valor, pero nos hemos inventado en torno a él una historia, que todos nos hemos creído, según la cual todos lo valoramos: podemos ir con ese billete a la tienda de un señor a quien no conocemos, en un lugar donde nunca antes habíamos estado, y el tendero nos lo cambiará por bananas, que podremos comernos. Esto nunca lo hará un chimpancé, aunque entre ellos sí cabe un cierto intercambio de cosas, de una fruta por otra: un trueque de una banana por una pera, pero nada más.

En conclusión, los humanos controlamos el mundo porque vivimos en una realidad dual. Los demás animales viven en una realidad objetiva. Nosotros también, pero hemos construido sobre ella una realidad imaginaria. Y esas realidades imaginarias, países, dioses, dinero, corporaciones, han ido adquiriendo cada vez más poder, y hoy lo dominan todo.

Esta es la síntesis que el propio Dr. Harari ha hecho en varias conferencias de su primer volumen “Sapiens”. Ha quedado explicado, según su tesis, cómo el hombre se ha convertido en el dominador del mundo.

La perspectiva del segundo volumen, “Homo deus”, es distinta: se pregunta por el futuro de los sapiens, sin pretender jugar a profeta o adivino, sino explorando las posibilidades que la ciencia y la tecnología actuales están abriendo.

La cuestión clave que aquí se plantea, es la de si este ser, que consideramos el rey de la creación, es la culminación de la evolución; si, como el hombre ha evolucionado a partir de los primates, ¿no podría surgir un tipo de ser, distinto de nosotros, pero salido de nuestra especie, que continuaría nuestra historia? Por otro lado, ¿es el cerebro humano, estructura orgánica de la máxima complejidad y distintiva, precisamente en su complejidad, del homo sapiens, la meta del proceso evolutivo?

En cierto sentido, dice Harari, así es. Porque los sapiens seremos sustituidos por entidades que serán más distintas de nosotros, de lo que nosotros lo somos de los chimpancés. Y el cerebro sí es el culmen de la evolución biológica, regulada, según explicó Darwin, por la selección natural y centrada en el reino orgánico. Pero cabe una ulterior evolución. En uno o dos siglos, sigue Harari, la vida será el resultado de un diseño inteligente, pero no de un dios, sino del propio hombre, y saldrá del reino orgánico, basado en la química del carbono, al reino inorgánico, basado en el silicio y la informática. Estamos ahora en el estadio frontera: hasta ahora ha habido profundos cambios en la economía, en la política, pero lo que no ha cambiado es nuestro cuerpo en los últimos cien mil años. Esa es la próxima revolución: el cambio de nosotros mismos, de nuestros cuerpos y de nuestras mentes. La tierra, entonces, se poblará de entidades muy distintas a nosotros, fruto del desarrollo paralelo de

•    la ingeniería biológica,
•    la ingeniería cyborg,
•    la ingeniería de seres naturales de nueva generación.

La ingeniería biológica:

La evolución se acelerará con la manipulación del ADN. Esos cambios, como los hormonales, se logran ya. Por ejemplo, se ha logrado insertar en los cromosomas de un conejo el gen verde fluorescente de una medusa, transfiriéndole esa propiedad, tan extraña en un conejo. Se ha logrado crear ratones geniales y valientes: son capaces de resolver las dificultades de un laberinto con toda rapidez; y, si los ataca un gato, en vez de huir, le hacen frente lanzándose contra él. Efectos similares podrían lograrse en humanos, si no se ha hecho es por razones éticas y políticas. Científicos de renombre se han pronunciado negativamente sobre este tipo de manipulación genética en el hombre: son imprevisibles los daños que podrían derivar para nuestra especie.

Ingeniería cyborg:

Ya se han logrado algunos avances notables. Brazos y piernas biónicos, controlados por los impulsos del cerebro, según la voluntad del receptor, están siendo constantemente perfeccionados. Hasta el momento, dichos órganos artificiales son más imperfectos que los naturales, pero están evolucionando muy rápidamente. Podrán llegar a ser más potentes y actuar, la NASA está muy interesada en ello, a distancia: un astronauta podría, desde la tierra, accionar unos brazos biónicos que navegan en una nave espacial.

Los nanorobots aún no existen, pero se prevé que serán operativos en unas pocas décadas: podrían desplegarse por el torrente sanguíneo, reparar órganos dañados, como huesos rotos, y atacar y destruir células enfermas. Constituirían un segundo sistema inmunológico del organismo.

Creación de seres de nueva generación:

Estamos ante los albores de la inteligencia artificial. El objetivo es construir sistemas informáticos tan sofisticados como las redes neuronales de nuestro cerebro. Esto no es todavía posible, pero podría serlo en pocas décadas. Llegados a este punto, se fabricarían seres en cuya estructura entraría como componente esencial el silicio, no el carbono, movidos por energía eléctrica y no química, y cuyo cerebro sería un sistema informático, conectado con un sistema central, como ahora nos conectamos con “la nube”. Este tipo de entidades, inteligentes, sustituirían al homo sapiens en la tierra, y no tendrían problema para salir de nuestro planeta y colonizar el espacio, problema prácticamente imposible para el hombre actual, no se dan condiciones favorables a la vida orgánica, la vida tal como la conocemos, en el mundo exterior.

Lo que vamos exponiendo, si bien hablamos sólo de posibilidades, da un poco de vértigo. El Dr. Harari se pregunta si se podrá controlar este proceso. El problema radica en que los avances biológicos van por su camino, los progresos informáticos, por el suyo, sin que exista un poder central regulador, coordinador. ¿Cómo regular estas fuerzas, maravillosas o amenazadoras, según se mire? Biotecnología, nanotecnología, ingeniería genética, robótica pueden usarse para crear sociedades muy distintas, liberadoras o esclavizantes, el hombre tendrá que elegir. El problema es que el poder político no se da cuenta de lo que está a punto de pasar, dominado siempre por la urgencia de las próximas elecciones, y no hace nada por salir al paso de estos poderosos retos que darán forma al futuro de nuestros hijos y nietos. Por ejemplo, el cambio último más notable fue internet, pero ningún programa político, dice Harari, lo tuvo en cuenta para proteger la privacidad, preservar la intimidad, regular su incidencia en el mercado laboral… Lo mismo puede suceder con estas ultimísimas tecnologías. Afectarán seriamente al mercado laboral, miles de puestos de trabajo serán ventajosamente ocupados por robots, pero los programas políticos siguen de espaldas al problema. Las nuevas tecnologías pueden crear toda una clase de inútiles, condenados a vivir en condiciones lamentables. Aún podrían evitarse los daños mayores, pero el asunto debe ser abordado pronto y seriamente.

Más grave, tal vez, que el problema económico-social, es el problema ético: ¿a qué va a quedar reducida la libertad? Hace unas décadas, 1971, Skinner publicó, desde otro contexto, “Mas allá de la libertad y la dignidad”, ¿estamos llegando a ese punto? En el s. XX la ideología triunfante fue el liberalismo, que pone su confianza en el individuo y su libertad. Pero las nuevas tecnologías pueden llegar a suplantar nuestra voluntad, hasta el punto de que puede llegar a desear por nosotros un algoritmo (un conjunto prescrito de instrucciones o reglas bien definidas, ordenadas y finitas, que permite llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos que no generan dudas a quien debe realizar dicha actividad). Google o Amazon, por ejemplo, pueden dirigirnos al tratar de adquirir un libro, porque saben de nuestras reacciones ante una lectura, las irá recogiendo el libro electrónico mientras leemos, y conocen nuestros gustos mejor que nosotros mismos, tienen memoria de cuanto leemos, de la música que escuchamos, de las películas que vemos. Con la inmensa cantidad de datos que almacenan (big data) sobre las personas que utilizan estos sistemas, pueden resolver nuestras dudas mejor que si nos guiáramos por nuestros sentimientos, para decidir nuestra pareja, pongamos por caso. Con nuestros datos y los de nuestra amiga, más los miles de casos semejantes, cuyo éxito o fracaso conocen, pueden dar una orientación más certera que la del más experto asesor matrimonial, o la de nuestro amigo más fiel.

Y ¿quién controlará los big data? Quien los controle ¿puede considerarse dios? Antiguamente todo estaba sometido a Dios, la política, la economía, la moral…; luego el control pasó a los ciudadanos (democracia, elecciones), ahora vuelve la autoridad a lo alto, pero no a Dios, sino a “la nube”, a Google, que conoce a cada individuo mejor que él mismo. Nadie, hasta ahora, había tenido el poder informático suficiente sobre cada uno de nosotros. Pero las cosas han cambiado: entienden mis deseos, mis emociones, mi identidad. Los neurobiólogos están entendiendo cómo funcionan las emociones, la personalidad; y los nuevos, y cada vez más complejos sistemas informáticos, están adquiriendo la capacidad de dar sentido a todos esos conocimientos, al confluir los hallazgos biológicos y psicológicos, y el avance de los sistemas informáticos, capaces de procesar la ingente cantidad de los datos recogidos.

El hombre ¿pasará a ser como Dios? No como el dios cristiano, pero sí tendrá capacidad creadora. Podrá fabricar seres, animales y humanos, y podrá controlarse a sí mismo, sus deseos, sus pensamientos. Como controlamos los insectos, dice el Noah Harari, por medio de insecticidas, podremos controlar nuestros pensamientos y deseos, comprenderemos y regularemos nuestra actividad cerebral. Esto tendrá consecuencias, no todas, seguramente, positivas, pero eso es algo que aún no podemos prever. Podemos hablar de una nueva religión, “la datología”, y el templo de esa nueva religión será Silicon Valley, el centro donde se reúnen las mentes más lúcidas y creativas del momento.

Todos estos cambios ¿llevarán a un mundo mejor, más igualitario, más solidario y más feliz?

Según las leyes de la evolución, a lo largo del tiempo han ido dominando los más fuertes, los mejor adaptados. Y ¿qué pasará en el siglo XXI?. Se está fraguando un mundo con desigualdades más profundas y radicales que nunca, porque serán desigualdades biológicas, no sólo económicas y sociales, como hasta ahora: los que posean medios económicos suficientes, podrán, por ejemplo, regenerar periódicamente sus cuerpos, perfeccionar su genética, la de sus descendientes, hacer frente a la enfermedad y la vejez, tal vez a la muerte. Y ¿todos los demás? Formarán una gran masa de “inútiles”: no serán exterminados, seguramente, pero apenas recibirán las migajas de este “mundo feliz”. De algún modo el proceso ha comenzado ya: la riqueza del mundo no ha dejado de crecer, pero la brecha entre el pequeño grupo de los económicamente privilegiados y políticamente poderosos, no ha hecho sino aumentar, si bien, reconoce nuestro autor, el mundo actual es menos violento que el de otras épocas, y la miseria extrema ha ido retrocediendo. Estos negros augurios, que son reales, ¿podrían evitarse? Parece que sí, que aún estamos a tiempo, si el problema se aborda en serio.

Sobrecoge la visión que Noah Harari nos ofrece. Él dice, no obstante, que no predice el futuro, que sólo trata de explicar posibilidades que, de algún modo, ya están abiertas, para que el hombre pueda elegir las alternativas mejores y evitar las demás. “En todo caso, afirma, no sabemos realmente nada del futuro, ni siquiera del más próximo, de los veinticinco años que vienen”.

Me habría gustado poder preguntar al Dr. Harari por las implicaciones pedagógicas de sus teorías. Tal vez, en cuanto a las entidades inteligentes, pero inorgánicas, que poblarán, después del homo sapiens, no sólo la tierra, sino también el espacio, como hemos visto más arriba, no creo que proceda hablar de colegios y educación, sino de tecnología y talleres de reparación: esas entidades saldrán de sus laboratorios perfectamente conformadas, y, en todo caso, si precisaran algún ajuste, otras entidades, dispuestas al efecto, se lo proporcionarán, porque todas ellas estarán interconectadas, como formando un macroorganismo, en un mundo, cuya similitud con “El mundo feliz, de Husley”, llama la atención. Según Harari, es la perspectiva para dentro de uno o dos siglos. Y entre tanto ¿qué tipo de hombre podemos formar? Dado que el mundo está cambiando tan vertiginosamente, que no sabemos los tipos de trabajo nuevo que se crearán, lo que se necesitará para desempeñarlos, cómo se modificarán las condiciones de vida, entonces lo que seguramente procede es formar al hombre en sólidos valores humanistas: formar, según resume Howard Gardner, “Las cinco mentes del futuro”,

•    Mentes disciplinadas: que dominen las distintas formas de pensar que ha creado el ser humano, la ciencia, las matemáticas y la tecnología, pero también la historia, filosofía y las artes. En segundo lugar, ha de dominar diversos medios para ampliar su formación, que será continua y constante: autoaprendizaje, comunicación, para compartir y colaborar.

•    Mentes sintéticas: que sean capaces, ante situaciones de información excesiva, de resumirla con precisión, de una forma productiva y útil.

•     Mentes creativas: en el futuro, prácticamente todo lo que esté regido por reglas, se hará con mayor rapidez y precisión mediante ordenadores. Por ello, se apreciarán especialmente las personas capaces de descubrir nuevos fenómenos, de producir ideas al margen del patrón habitual, con imaginación, creatividad y un punto de vista alternativo.

•    Mentes respetuosas: con los que son distintos en aspecto y cultura. Si no podemos aprender a convivir con los demás, a ser solidarios, colaboradores, empáticos, nuestro planeta tendrá un difícil futuro.

•    Mentes éticas: se precisan jóvenes marcados por la integridad, guiados por el desinterés y llenos de responsabilidad.

Ello conformará un tipo de hombres valiosos, más que buenos técnicos; porque, si no sabemos para qué clase de trabajos podemos preparar a nuestros jóvenes, sí que podemos estar seguros de que este tipo de hombre, que hemos esbozado, estará perfectamente preparado para resolver, y con éxito, los retos a los que tenga que enfrentarse en el futuro imprevisible que nos espera y que, en todo caso, puede llegar, también, cargado de esperanzas.



Autor: D. Félix Elena, profesor emérito del Colegio Privado Engage.



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