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¿Qué nos determina, naturaleza o cultura?

OPINIÓN • 17/04/2015

“¿Quiénes somos?”. Inmediatamente, la luz habrá reflejado estas dos palabras (que tiempo atrás yo mismo he escrito) en tu retina, y las células fotosensibles que pueblan esta zona de tu globo ocular la habrán transformado en un impulso nervioso que ha viajado a través de tus neuronas con destino a tu cerebro. Allí habrá sido interpretado y desengranado: se trata de una pregunta escrita (estas dos palabras se encuentran entre signos de interrogación), usando la lengua castellana (el lenguaje que aprendiste instintivamente por repetición  de tus padres) y que, probablemente, esté esperando una respuesta. No nos conocemos (o sí, el mundo es pequeño dentro de su enormidad), pero creo que podría asegurar que has afirmado que somos humanos, ya que intuyo que no has visto a otra especie que tenga la capacidad de escribir.

Casi sin proponérmelo, cabe la posibilidad de que mi pregunta haya activado tu encéfalo que, de repente, se ha iluminado con millones de ideas y toneladas de información (previamente cosechada por la experiencia). ¿Es que acaso somos la obra más perfecta de una deidad superior a cualquier ser, como afirmaría una persona religiosa desde el principio de la existencia del ser humano hasta los días actuales? ¿O  es que acaso somos el producto de ciertas adaptaciones que ha provocado la naturaleza en  alguna otra especie predecesora a la humanidad? “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes; sino aquellas que se adaptan mejor al cambio” afirma el  célebre evolucionista Charles Darwin. Nuestro origen es ya, de por sí, la primera incógnita de nuestra corta  existencia sobre el  planeta. Pero, además, los homo sapiens nos hemos diferenciado del resto de animales al desarrollar lo que englobamos en el sustantivo “cultura”, que abarca desde cosas que consideramos hoy básicas, como distintas formas de comunicación, hasta las creaciones más bellas que nadie podía imaginar, como el arte. Con esta pregunta que he formulado al principio de este texto, he querido abrirte las puertas de la antropología filosófica,  sacar de ti tu amor por el saber e invitarte a indagar conmigo si somos lo que somos gracias a nuestra naturaleza, o si, por lo contrario, es la cultura lo que nos define.

“Uno es lo que hace con lo que hicieron de él” piensa el existencialista Jean Paul-Sartre, afirmando que es la cultura a la que somos arrojados al nacer lo que define nuestro comportamiento. Nosotros, los humanos, hemos sido creados por la naturaleza, a partir del proceso de evolución. Sin embargo, considero a la humanidad como un  hijo rebelde. Mientras que el resto de especies se han sometido a “las reglas” impuestas por esta madre naturaleza, guiándose únicamente por los instintos proporcionados por esta, el hombre ha sido capaz de emanciparse, de imponerse sobre el resto de especies, e incluso, de igualar su poderío por el control del planeta con el de la naturaleza. Esta emancipación se produce con la aparición de la cultura, que a su vez surge en el momento en el cual, gracias al lenguaje, los homínidos comprueban las ventajas que les proporciona vivir en sociedad y se convierten en personas con uso de razón. El ser humano no es como es, ni se comporta como se comporta, porque tenga una naturaleza humana y un alma creada a imagen y semejanza de un Dios, tal y como defenderían los religiosos del Medievo como San Agustín o Santo Tomas (resulta irónico que se justifique una naturaleza humana con una creación cultural como la religión); sino porque somos, ante todo, cultura. ¿Cómo si no explicar los distintos comportamientos de las distintas sociedades? ¿O es que acaso hay variedades de humanos cuyos instintos les hacen comportarse de maneras tan diferentes?  No se pueden explicar las distintas formas de percibir el mundo y la vida con simple biología. La nutrición se ha transformado en todo un rito, y no vivimos la sexualidad como mera reproducción. Ni siquiera tenemos cuerpo, como diría Jacques Lacan, sino una interpretación de él. Nuestro cuerpo, que se transformó desde el cuerpo de un simio gracias a la evolución, ahora es grande o pequeño, bonito o feo, ancho o estrecho. Hemos creado distintos códigos artificiales (a partir del universo simbólico que ofrece el lenguaje) para desenvolvernos en el mundo y adaptarlos a nuestras necesidades y caprichos. La cultura nos ha permitido ser mucho más que nuestros instintos, al sustituirlos.


Sin embargo, la cultura se ha convertido, desgraciadamente, en una segunda naturaleza. Se impusieron unos cánones, unos prototipos a los que "debemos" aspirar si queremos ser alguien. Estos han ocupado el papel de nuestros instintos, y nos coartan,  nos obligan a no salirnos de lo normal (considerando la existencia de comportamientos anormales). Ejemplos de este hecho son el imperialismo masculino, el heterosexismo normativo o el etnocentrismo occidental. No hay más que fijarse en nuestra educación, basada en la prohibición, para darnos cuenta de que el imperativo de cada cultura particular (aunque ha creado belleza en todas las facetas inimaginables) coarta nuestra libertad de expresión, de mostrarnos al mundo como somos, por miedo al rechazo. “Incluso el género es una construcción social” explica Judith Butler, aludiendo a los roles que han desempeñado los hombres y mujeres a lo largo de la historia. Esta filósofa contemporánea también condena la sexualidad como una creación cultural. ¿Por qué debemos sentirnos distintos al ser hombre o mujer, homosexual o heterosexual? ¿Por qué debemos adaptarnos siempre a una cultura dinámica y cambiante? ¿Es que acaso no podemos ser nosotros mismos, y no lo que la sociedad espera que seamos?


Personalmente, considero que este problema tiene solución, basada en que cada uno de nosotros se libre de estas cadenas ficticias (como ya hicimos anteriormente con nuestra naturaleza y nuestros instintos) y se emancipe de todos estos prototipos y prejuicios, para alcanzar una verdadera libertad, en la que podamos ser nosotros mismos sin que nada y nadie nos coarte. Esta debería ser la única esencia de la cultura, la capacidad de crear algo que consideremos bello y admirable.


Carlos Iglesias Martín
Alumno de 1º de Bachillerato del Colegio San Luis Gonzaga de Majadahonda - Primer Premio de la V Olimpiada Filosófica de la Comunidad de Madrid en la modalidad de disertación



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