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¿Cuerpo o alma?

OPINIÓN • 22/04/2015

A lo largo de nuestra existencia el ser humano se ha realizado preguntas tales como “¿qué soy yo?”, “¿qué es la vida?”, “¿qué es eso que suena dentro de mi cabeza, el alma?”. “¿Soy distinto al resto de animales?”. “¿Acaso ellos tienen esta voz interior, aman, razonan o saben apreciar el arte?”. Todas estas cuestiones las agrupamos en lo que denominamos filosofía, en el querer saber, en el buscar respuestas sin solución debido a que cada uno piensa y reflexiona como bien puede y entiende. O tal vez ya esté todo determinado…

Este conjunto de preguntas, inquietudes, que nos han hecho comernos el coco (o conjunto de células nerviosas que responden a una serie de impulsos eléctricos y secreciones hormonales, si prefieres denominarlo así) se desprenden de una pregunta radical, fundamental, esencial… Esta pregunta, a la que siempre intentamos dar respuesta, pero con la que siglos y siglos después seguimos sin estar de acuerdo, coincide con la formulada por Kant en su Lógica: “¿qué es el hombre?”.

Al final, esta pregunta intrínseca al ser humano nos acaba conduciendo a dos caminos: ¿cuerpo o alma? ¿Nos define lo material, nuestro cuerpo, o bien nuestra conciencia, esa especie de voz silenciosa? En resumidas cuentas, ¿qué somos, naturaleza o cultura? Como nuestra capacidad de pensar es posible en la medida en que poseemos y controlamos el lenguaje, el cual ya os anticipo que va a tener una presencia importante en nuestro actual quehacer, comencemos definiendo dichos términos. Con cultura (RAE dixit) nos referimos al “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, en una época, grupo social”, transmitidos socialmente. Por su parte naturaleza aparece como el “conjunto, orden y disposición de todo lo que compone el universo”, es decir, lo que nos viene dado por nacimiento. No obstante, determinadas escuelas filosóficas consideran la naturaleza como una expansión de los impulsos vitales (al estilo nietzscheano) y la cultura como una represión de los instintos, una contención, que tiene un sentido: convivir (como planteó Sigmund Freud).

Al igual que con todo saber y conocimiento, las opiniones acerca de la pregunta que nos atañe no han sido las mismas, sino que han ido evolucionando con el paso del tiempo, de Sócrates a Ortega pasando por innumerables pensadores como Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Kant, e incluyendo a actuales neurocientíficos.

En el comienzo de nuestro trayecto a través del pensamiento, nos encontramos en la Edad Antigua, donde nuestra pregunta llevaba consigo una dualidad, una división entre cuerpo y alma, y donde el “pequeño” problema era dónde situar a esta última. Tanto para Platón como para Aristóteles, lo que nos diferencia del resto de seres es nuestra capacidad de razón. Es decir, por naturaleza tenemos esta capacidad, que a la vez nos permite elegir, al contrario que el resto de animales. Todas las experiencias, conocimiento y creencias, decía Aristóteles, transmitidas a través del lenguaje o logos –el cual es el principio de la racionalidad humana– son lo que nos hacía capaces de distinguir lo justo de lo injusto, conformando así nuestra cultura.

¿Nos define lo material, nuestro cuerpo, o bien nuestra conciencia, esa especie de voz silenciosa?

En la época medieval, esta autonomía y libertad se desarrolla a través del concepto del “libre albedrío”. Durante este período se mantiene la división entre cuerpo y alma. Sin embargo, todo aquello en lo que no encontremos respuesta quedará justificado a partir de la existencia de Dios. Destacan las afirmaciones de Tomás de Aquino sobre que las leyes morales emanan de la propia naturaleza humana (supervivencia, reproducción, cuidado de los hijos y convivencia social), pero en este punto nos volvemos a preguntar si estas tendencias y hábitos responden a instintos naturales o son simplemente construcciones culturales.

En el transcurso de la Edad Moderna, las reflexiones ganan en complejidad debido al gran interés por el sujeto (antropocentrismo). Kant separa al hombre en “antropología biológica” o “lo que la naturaleza ha hecho de nosotros”, antropología pragmática o “lo que nosotros hemos hecho de nosotros” (es decir, no somos solo naturaleza, somos, ante todo, cultura, y esta no nos viene biológicamente dada); y además reflexiona sobre lo que el hombre puede y debe ser (antropología filosófica).

La defensa de una naturaleza humana ha sido, asimismo, esencial en el desarrollo de la filosofía política. Numerosos contractualistas entre los que podemos destacar a Thomas Hobbes, John Locke, Jean Jacques Rousseau o John Rawls establecen cómo es el ser humano por naturaleza, o en el Estado de naturaleza, para legitimar sus teorías políticas en el Estado social, que es en el que vivimos.

Ya en el siglo XX, con la aparición del psicoanálisis, el existencialismo y de diversos estudios científicos, se intenta comprobar si el ser humano está “abierto al mundo”, puede decir “no” a la realidad reprimiendo sus impulsos, o si al igual que el resto de seres, su comportamiento y decisiones están determinadas por su naturaleza.

Ya dejó clara su opinión José Ortega y Gasset  al afirmar “El hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia”. Para el filósofo español es esa cultura la que influye en quiénes somos, debido a que nuestro cuerpo no ha experimentado grandes cambios, mientras que ha sido la cultura la que ha cambiado profundamente a lo largo de la historia. Una visión compartida con la que mantenía el existencialista Jean-Paul Sartre, al sostener que el hombre no “es”, el hombre “existe”, y lo que “es” es definido desde su existencia, desde la historia, la cultura, la sociedad, pues “uno es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Por el lado contrario, nos encontramos a científicos como Richard Dawkins, Francisco J. Rubia o los participantes del Proyecto Genoma Humano, que apoyan en sus obras el determinismo genético. La obra de Dawkins El gen egoísta explica que el gen es la unidad evolutiva fundamental. De esta forma, son los genes los que luchan por la supervivencia, e incluso transmiten la cultura. Por su parte, el catedrático de Fisiología Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, Francisco J. Rubia, expone en su libro El fantasma de la libertad que el libre albedrío, esa libertad de la que presumimos, es una vana ilusión, una ficción. Y no llega a esa conclusión porque se haya vuelto loco, ni mucho menos. Los análisis de las funciones del cerebro que ha llevado a cabo muestran hasta qué punto  estamos equivocados cuando creemos que la consciencia es la que controla todas nuestras funciones cognoscitivas, cuando en realidad es una ínfima parte de la actividad del cerebro. Por ejemplo, sus experimentos nos muestran que cuando tomamos cualquier decisión, esta ya ha sido tomada milisegundos antes por la parte inconsciente, activándose la parte consciente meramente para explicarnos dicha decisión. Aunque estas tesis parezcan totalmente radicales, debido a que desencajan todo nuestro sistema social, ya que si todo está genéticamente determinado no hay responsabilidad, culpabilidad, ni merecimiento, no hay que perderlas de vista porque ¿qué es el método científico sino lo más parecido a la objetividad a la que aspiramos?

Resulta paradójico que, con el paso del tiempo y su evolución del pensamiento, la situación del ser humano con respecto al universo es progresivamente más insignificante, pasando de ser su centro (antropocentrismo), a ser el centro del Sistema Solar, hasta convertirnos en un ser diminuto en la inmensidad del cosmos.

Una vez revisado todo lo dicho, damos un paso atrás a las preguntas que nos incumben: ¿qué es el hombre? ¿Somos simplemente un organismo que funciona con estímulos y respuestas? ¿Tenemos naturaleza? ¿Esta nos determina plenamente? ¿Es la cultura una ruptura con la naturaleza? Nuestra identidad, ¿es natural o cultural?

Cualquiera de las cosas que producimos, sean artefactos, ideas, razonamientos, pasan a formar parte de nuestro acervo cultural a través del lenguaje. Estamos hechos de biología y cultura, y las aportaciones más relevantes pasan a formar parte del sustrato de todos. Sobre esas aportaciones, construiremos las nuestras y las sucesivas. Todo es cultura. La naturaleza es el ámbito donde esta se desarrolla. Nuestra naturaleza es inexplicable sin el concepto de cultura. Nuestro destino es la cultura. La cultura crea nuestra naturaleza.


Daniel Pérez Díaz

Alumno de 1º de Bachillerato del Colegio San Luis Gonzaga de Majadahonda - Finalista de la V Olimpiada Filosófica de la Comunidad de Madrid en la modalidad de disertación



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